23 de febrero de 2018

Un mar de paraguas abiertos


Antes del individuo no había un bien ni un mal ni había
croquetas.
Los protozoos pastaban libremente por la tierra.
Nadie pisaba el césped.

“Y tu nombre será plaga”.

Antes era feliz con cualquier cosa.
Ya no.
Tal vez veo demasiados informativos.

Creía en el am...Hubiera acertado sus pies en un concurso
donde sólo se le vieran los pies a los participantes.
Ahora ni siquiera acertaría a saber
de qué color eran sus ojos.
Ya no guardo mechones de cabellos.
Pero sí amo lo efímero. Este momento. Este cigarro. Este silen...
“¡¡¡TATATÍIIIIIIIIIIIIITATATÁAAAAAAAAAA!!!”
No. Estoy contento con mi línea de móvil.
No. Tampoco quiero dulces de convento.
No. No necesito un seguro contra incendios.

Los pobres no tenemos restos de comida entre los dientes
señor presidente. Ni dientes. Ni esperanza.
No soy una amenaza.
Pero detrás de mí vendrá otro hombre, y otro y otro.
Y no habrá con qué palabra dar de comer a tanta hambre.



22 de febrero de 2018

Eso


El pájaro de cuatro patas se posó sobre mi pene
y al arrullo de la luz del microondas
tocó sólo para mí el Almost Blue de Chet Baker.

“Ya no la quiero”, le dije al pájaro azul, ya
no está aquí-y señalé mi corazón-, ni ahí-y miré la noche-,
ni allí-en la corteza de aquel árbol-.

Ya no me duele. Ahora los autobuses pasan
por el hueco mío donde estabas tú.

Hasta han puesto una cafetería en la esquina.

21 de febrero de 2018

Sé que hay cosas que no sé


“-Eres la cosa más bonita que he visto en mi puta vida”.

Primera hostia con la mano abierta en toda la cara.

A lo mejor es que no es una cosa.

O será por la palabrota. No sé. Mañana será otro día...

“-¿Qué tengo que hacer para que me digas que sí?”

“¿Morirte?”, dijo. Ni siquiera levantó la vista del periódico.

Un momento...si me muero no podré...o sea...

Así que me corté un dedo y se lo puse en el cenicero y le dije que parte de mí ya estaba muerto pero que si no era suficiente me cortaría una oreja o un pie, que tengo dos.

Segunda hostia. “Y llévate esa porquería”.

Día 237: “...y los médicos me han dicho que no hay solución, que como mucho tres o cuatro días...”

Primero me dio la hostia y después me preguntó si nunca me cansaba de hacer el gilipollas. Porque ella si se cansaba de darme hostias. Que te pierdas, me dijo, que nunca te voy a querer.

“-¿Y después de nunca?”. Eso fue al día siguiente. Cerré los ojos para disfrutar mi hostia pero no pasó nada. Y cuando los abrí ya no estaba. No conocía ese dolor. Dolía más que todas las hostias que me había dado hasta entonces. Casi me rindo. Pero se me ocurrió algo...

“-¿Es su novio, señorita?

-No lo conozco de una mierda, agente. ¿Me puedo ir ya?

-Pues ese tío ha dicho su nombre bien claro. O que se tira. ¿No podría hacer un esfuerzito y decirle que lo quiere? Son las tres, señorita, y tengo un hambre...

-Pero es que no lo quiero.

-Pero él no lo sabe. Y es por el bien de la ciudadanía. Mire, aquí hay niños y abuelas mirando. Y ha venido la tele.

-A lo mejor tiene alas...

-No creo.

-¿Y luego me puedo ir?

-Si no quiere poner una denuncia...

-Deme el megáfono.

-Le da a este botoncito.

-Tú, gilipollas. Si quieres saltar salta. Porque nunca no se acaba nunca. Lo entiendes ¿no? Y si se acabara alguna vez tampoco. Ni luego, ni después. Me caes fatal. A lo mejor no te has dado cuenta todavía. ¿A ti qué coño te pasa? Hay más mujeres en el mundo, tío. Y además ni siquiera me conoces. Ronco. Y me como las uñas.

-¿Seguro que no son novios?

-Que no, coño. ¿Cómo se sube ahí?”

Llegó arriba resoplando y no se le entendía muy bien lo que decía:

“...burf burf me cago en...burf burf...de mi perra suerte...burf burf...un beso ¿ok?... burf burf...uno. Y te vas a tomar porculo de mi vida...burf burf...¿Trato hecho?”

Y entonces salté.

Lleva ahí toda la noche. Sentada en ese incómodo sofá. Me he roto cosas. La pierna, la nariz, el móvil, los dos brazos. Cuando se mueve me hago el dormido. No quiero irme nunca de aquí.

-Buenos días, como te llames.

No le contesto porque tengo una cosa puesta en la mandíbula con muchos tornillos y un tubito metido por la boca.

-Me cago en tu puta vida. ¿nadie te ha dicho nunca que...bla bla y bla?

Sí. Muchas veces. Pero lo imposible siempre tarda un poco más.

20 de febrero de 2018

Hace frío en Fresno


-Así que coge tus putos principios de la mano y salid los dos por esa puerta. No te odio, Francis. Yo sí respeto tus decisiones. No no no. No abras la boca. Tú no sabes nada sobre el respeto. ¿Cuándo fue la última vez que me escuchaste? Oh, claro, ahora estás entre la espada y la pared, no te queda más remedio que prestar atención. Justo cuando no tengo nada que añadir...

-Ni siquiera se trata de principios, Anabel. Te estás matando. Y estás matando todo lo que te rodea.

-Antes “ni siquiera” se te habría ocurrido pensar en algo así.

-Antes tenía una jeringuilla colgando del brazo todo el día.

-¿Crees que serás más libre ahí fuera comiéndole la polla a un tipo al que llamas jefe? ¿Te hará mejor persona usar zapatos de doscientos dólares? ¿Tener un horario?

-Es lo que hace la gente normal. Y les va bien. ¿No los has visto sonreír? En el metro, cogidos de la mano; en la cola del cine; cuando llegan a casa y alguien los está esperando y...

-¿Te acuerdas de mi tía Eleanor? Se pasó cuarenta y dos años esperando a que tío Martin la llevara de vacaciones a Roma. Era la única cosa que jamás le pidió. La única. Y sabes, esa chica que trabaja en el supermercado...

-¿La rubia?

-No, la otra. Pues tiene un crío de seis años. Y una hipoteca. Y un coche. Pequeño. O algún marido que lave los platos de vez en cuando. ¿Esa es la gente normal a la que te refieres? ¿No? Llora todos los días a las nueve y media. Eso es lo que hace la chica del supermercado. La rubia no, la otra. Quería ser veterinaria. Y entonces llegó Charles. Y el corazón se le paró. Tan alto. Tan guapo. Quería ayudar a las yeguas a parir y ahorrar para comprar una casa en el campo donde poder refugiar galgos y gatos y cerdos vietnamitas o tarántulas. Y entonces llegó Charles y la fiebre en la parte de atrás de un sedán gris y el ¿que te has corrido dentro? Llora todos los días a las nueve y media justo antes de coger el autobús de vuelta a casa.

-¿Te lo ha contado?

-Lo lleva escrito en la cara.

-No creo que estés siendo justa, Anabel. Ni adivina.

-No. Pero la semana pasada le pregunté ¿por qué lloras, niña? Y me dijo, que no era feliz.

-¿Y qué más te dijo?

-Nada. llovía de cojones y estaba deseando llegar para meterme una dosis.

-El taxi está esperando abajo...

-No vuelvas nunca, Francis. Y abrígate. Hace frío en Fresno.

18 de febrero de 2018

El umbral


Huir de lo simétrico, hacer
una larga fila de jaulas que de la vuelta al mundo como un cinturón de asteroides y pasar por encima
con una apisonadora de trescientas cincuenta toneladas. Y celebrarlo
-con un cigarro entre los labios-
meando en el arcén mientras miro el cielo lleno de pájaros.

Dejar los calzoncillos colgando de las lámparas
dentro de la nevera, las cucharitas del café marcando páginas de un libro,
cocer un par de huevos en el vaso del cepillo de los dientes;
sembrar de pánico el jardín y rezar de rodillas por los muertos vivientes y las dalias y la tripulación de los submarinos nucleares.
Ofrecer al Krakatoa en ofrenda todos los diccionarios.
Escribirle una carta a Pepa Flores: “el azul eras tú”.
Hacer una barquita con la taza del váter y ponerle de vela mi pijama de Iron Maiden y
navegar por las páginas porno buscando el amor de mi vida.
Cerrar los ojos y ver el horizonte, tan claro
como el pedo de un vecino en el ascensor.