22 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 8


Es extraño, que para ser la profesora de lengua, la señorita Marie lleve veinte minutos callada.

-¿Habéis saboreado ese silencio? -las niñas no saben qué decir. Se miran unas a otras buscando esa complicidad de esta profe es muy rara ¿A qué sabe el silencio?-. ¿No es desasosesisogante? ¿Incertidumbroso? ¿No es como si te arrojaran a un rio con bolas de plomo en la barriga o te castigaran sin postre y a la cama durante el resto de tu vida?

“¡¡¡SeñoritaMarieyonoheescuchadonadadenadaycasiquememuerosinpoderhablaraunquefueraunpoquitosiquierayhastaparecequehapasadounasemanaytodavíamelatemuydeprisamuydeprisaelcorazóndeloincertibrundosifo!!!”

-Pues imagina Nuria que acabas tus días encerrada en una caja de madera, de esas grandes que van en los barcos rumbo a cualquier sitio que este lejos e imagina que el barco se hunde y acabas en el fondo del Océano Índico, muy hondo y te quedas allí para siempre y sin nada más que hacer que estar a oscuras.

“MipadreestenientedelaguardiacivilyocreoquemandaríaabuscarmeunacuadrillaoalgoseñoritaMariedigoyoporqueunavezseperdióunñiñoenelpueblodealladoymipadre...”

-Nadie sabe dónde estás.

“Peroesquenoloentiendo¿porquéibaaestaryoenunacajademaderayademás,losbarosllevanunaradioque...”

-La radio no funciona.

“YayaseñoritaMarieperoesque...”

-Nuria...

-¿Qué?

-Vas en un barco. Dentro de una caja. Y el barco se hunde. Así es la vida. Acostúmbrate.
Pues bien, debe ser horrible, como seguramente estéis pensando, y la culpa, es del verbo haber. ¿Sabes por qué niña con lacito que mira quién sabe qué cosa en la distancia?

Olaia pensaba en quién le quitará esta noche el corsé si no es mamá-una enfermera que se llama Juana y pesará como doscientos kilos. La ha visto pasar por los pasillos y el suelo temblaba. ¿Y con qué manos, y con qué ganas, y con qué acierto?-. Olaia lejos. Olaia triste como un perro sin hueso. Tan elegantemente pálida. Olaia diciendo no lo sé, señorita Marie, ¿por qué?

-Exactamente, porque en su pretérito perfecto, es un hábito del que no hacemos nada por desprendernos: si yo hubiera. ¡Ay, si yo hubiera! ¿Verdad Olaia? ¿Cuántas cosas no has hecho? ¿De qué te quedaste con las ganas? Catalina-Catalina es sorda-¿Qué te gustaría ser de mayor? ¿Astronauta? ¿Modista?-Catalina es muda-¿Cantante? A lo mejor, doctora-Catalina es ciega-. ¿Y tú Nuria? ¿Tú quieres ser doctora? ¿Cirujana? ¿Algo así?

No es extraño que nadie la llame por su nombre.

-Hay cosas que nunca vais a hacer.

Silencio. Y ahora si pesa.

-A partir de ahora, las chicas del Instituto Fitzrovia van a practicar un verbo nuevo. Primer mandamiento: “Tengo que”. Para mañana, una redacción con las cosas que más os gusta hacer, y las que menos, encima de mi mesa. Trescientas palabras. Las contaré.

19 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 7



“CuandoseamayordeedadmeiréalaArgentinaoaLahabanaoaculaquieradelossitiosquevienenenelmapa¿ytúcómotellamas?¿eh?¿eh?¿eh?”.

Ella se llama Nuria y tiene tres bocas y está sentada en el pupitre de al lado de Olaia.

“Porqueatitambiéntehabránobligadoaveniraunsitiotanhorriblecomoesteporsupuestonocreoyoquenadieenelmundoquisieraveniraquíparaquécomonofueraque”.

Olaia la escucha como se escuchan las cosas debajo del mar. Como a los trenes que se van. Y como de todos modos parece que no va a callarse la deja hacer, con la esperanza de que en uno u otro momento, se ahogue y caiga en redondo sobre su mesa y se quede así, muchos siglos, hasta que le crezcan girasoles en el cráneo y el musgo la cubra por completo.

“Mimadreyaandabadiciendohacealgúntiempoquelehabíanhabladomuybiendeestesitioyqueyoibaahacergrandesprogresos;peronuncapenséque”.

-¿Si te digo mi nombre te vas a callar?

-Sóloqueríasersimpática.

-Nunca vas a ser simpática. Eres agotadora. ¿Ta tragaste alguna máquina? ¿Te dio un calambre?

Nuria tiene Huntington. Hace muecas mientras habla y dobla las muñecas así como al revés y si no fuera porque es de carne y hueso Olaia pensaría que es una marioneta a la que alguien moviera a su antojo sin ton ni son ni gracia, desafortunadamente.

-Buenos días niñas.

La profesora.

-Mi nombre es Marie, señorita Marie, y mientras asistáis a mis clases me llamareis de ese modo. Fuera del aula, podéis llamarme monstruo, todo el mundo lo hace, aunque a mí me gusta más Marie, un bonito nombre que mis padres tuvieron a bien elegir antes de dejarme en la puerta de un orfanato-y saliendo de detrás de su escritorio ha terminado asegurando-: Por esto.

Donde tenían que estar las piernas, hay una mantita sin nada debajo como un truco de magia. Nada por aquí, nada por allá. Nunca se pondrá tacones. Nunca saltará de alegría. Nunca, podrá correr detrás de sus sueños.

-Por eso aprendí a usar, esto-y ha señalado con el dedo su cabeza con tres golpecitos que han sonado toc toc toc como si estuvieran preguntando ¿hay alguien ahí-. Y eso es precisamente lo que aprenderemos en mi clase.

-¿MatemáticasseñoritaMariecienciaslatínálgebrasociales?¿Acoser?¿Modales?
¿Eh?
¿Eh?

-A caer de pie. Como los gatos.

-...

-Una vez tuve un novio que era polaco. Muy rubio y muy alto. Me llevaba en brazos todos los días a la cama. ¿A que parece increíble? Pues era polaco. Y un día vino diciendo, tenemos que hablar. Lo vi pasar un día con una morena del brazo a la que no le faltaba de nada. Otra vez me subí a un árbol. De más chica. Vinieron los bomberos. Estuve castigada tres semanas a rezar con la madre superiora el rosario a las tres de la mañana. ¿Tú te has subido alguna vez a un árbol, muchacha?

No. Nunca. Pero papá Ramón, como es tan bruto, un día la lanzó a lo alto muy alto en el aire varias veces para que viera a los muchachos jugar fútbol detrás de la tapia.

16 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 6


-Eugenio me ha dicho esta mañana que quieres matar a todo el mundo. No voy a preguntarte por qué; pero dime: ¿Para qué es el lazo azul? ¿Es un arma? ¿Como un ninja? ¿Está afilado? Joder, como te envidio. Salir de la oscuridad y cortarle la cabeza a más de uno. A mi jefe, por ejemplo. Me tiene hasta los huevos. Ramón por aquí, Ramón por allá. Cualquier día le meto de hostias.

Papá Ramón tiene barba. No como la de Eugenio. La de Eugenio es una barba de Quijote. La de Ramón es la Selva Negra, y todo el pelo que le falta en la cabeza, lo tiene ahí, en el mismo sitio.

-No es azul.

-¿Azul clarito?

-Y sólo es un lazo. Y era una broma. Y nos reímos. Tú, como nunca te ríes.

-Me río cuando algo me hace gracia, joder. Tú madre y yo hemos estado hablando de ese colegio nuevo para niños como tú y...

-¿Niños lisiados?

-No empecemos Olaia. Tú te crees que todo es muy fácil porque tienes toda la ayuda necesaria, todos los mimos, toda la atención. Yo me paso en el taller catorce horas y nadie me lo agradece. ¿Crees que tu madre me hace si quiera una tortilla? No. Eso era antes. De recién casados. Y yo pensaba, joder, es muy fea la Begoña; pero hace unas tortillas. Yo también estoy lisiado y no me quejo tanto, mira, mira las manos, no tengo ni un dedo derecho de apretar tantas tuercas. Pena, no me das. Y si tu madre dice que ese colegio es lo mejor para ti es que es lo mejor para ti. Y no pongas esa cara. Todas las niñas de tu edad están todo el tiempo enfadadas con sus madres. Aunque no estén lisiadas. Y sí que me río. Cuando me hace gracia.

¿Se reiría papá Ramón el día que Begoña entró por la puerta diciendo que venía de ponerle los cuernos?

Mamá tarda unos dos minutos y cuarenta segundos en quitarle el corsé todas las noches. Más o menos. Descorreorre las correas, descorchacorcha los corchetes, desanuda que nuda los nudos, desabrocha que brocha botones, pendiente a los trinquetes y las jarcias, a la vela mayor, atenta a la herrumbre que el tiempo va tejiendo en la espalda de Olaia, a las llagas, los candados, los muelles y tornillos, los mecanismos y artefactos, los engranajes todos, uno a uno, cada día desde entonces, con todo el amor. Hasta que Olaia cae en sus brazos como la cáscara de un plátano, como un flan de vainilla, una torre de Pisa. Una cuchara en el borde, de una repisa.

-Estás preciosa con tu lazo azul. Papá Ramón y yo hemos estado hablando de lo del nuevo colegio. A Eugenio todo le parece bien, ya sabes, él no se entretiene en esa cosas.

-Es celeste.

-Y esta vez Eugenio no va a defenderte. Ya lo hemos hablado. Y no es tan tonto. El también sabe que es lo mejor para ti. Vas a ir a ese colegio Olaia. Te pongas como te pongas.

“¿Y si me pongo así? ¿Toda roja de no respirar nunca más?”

-Tarde o temprano tendrás que coger aire. Avísame y seguimos hablando. A lo mejor has crecido mientras tanto.

“¿Para ser como tú?” Al menos yo no tengo esa horrible nariz”.

-Te estás poniendo azul, Olaia. Como tu lazo.

-Es celeste, mámá: ce-les-te.

-Voy a prepararte la maleta.

-Mamá...

-¿Qué?

A veces no se encuentran las palabras, y hay que firmar con besos en la frente los te quieros.



12 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 5



La Cucutufa lleva chupándosela a Eugenio desde hace por lo menos dos capítulos de Huckleberry Finn. Olaia, mientras lee, disfruta del enorme placer de acariciar la barriga de un pez. Se llama Lauro y cada vez que lo ve, está más gordo. Come de todo. Una vez se comió una pestaña postiza.

-Dijiste que tardarías poco.

-Ya hija, pero es que ya no está uno para estos trotes. Con lo que yo era. ¿Pero qué cojones come ese pez? Bueno, cuando quieras vamos a por tu lazo azul.

-Celeste.

Tres tiendas más tarde:

-¿No te gusta este? Es muy bonito.

"No es celeste, señora. Es azul tirando a verde. Y yo lo quiero celeste. Como el cielo a mediodía. Como los ojos de Paul Newman".

Eugenio siempre lleva la camisa por fuera. Huele muy bien. A algo caro.

-Te digo, querida, que un hombre tiene que llevar limpios los zapatos y los dientes.

Le gustan las mujeres. Todas.

-No deberías estar perdiendo el tiempo aquí, vendiendo braguitas de encaje y lazos para el pelo. Tienes un cutis tan...me recuerdas a la Loren. ¿No te lo han dicho nunca?

Lo mejor de Eugenio es que hace lo que le da la gana cuando le da la gana. Es muy divertido:

-¿Sabes qué estoy pensando? Que pasaré a recogerte esta tarde cuando cierres. Iremos a un sitio que conozco donde sirven...¿que estás casada? No me importa. ¿ A ti te importa? Sobre las nueve.

Y después se ha inclinado sobre el cuello de la dependienta y le ha susurrado algo al oído y a la dependienta le han temblado las rodillas detrás del mostrador mientras pensaba algo así como que una no puede fiarse de un hombre que no lleva calcetines, ¿qué me pasa? “¿es que no ha escuchado usted que estoy felizmente casada?
Se lo diría. Pero no es cierto. De aquello solo quedan promesas sin cumplir y un llavero del Athletic con forma de balón que abre la puerta de una casa donde ya nunca hay nadie que corra a la puerta como un perro bueno para recibirla como antes. A lametazos, a tirarla de espaldas al suelo, a decirle te quiero, te quiero, te quiero.

Así que ha contestado muy bajito para que la niña no la oyera: espérame en la esquina. Con el motor del Dogge en marcha, como si fueras a robarme el corazón.

-Quiero este.

-Por fin. Pensé que me ibas a tener todo el día de aquí para allá en busca de un trocito de tela, cielo.

-No es sólo un trocito de tela. Y no me lo voy a quitar nunca.

La dependienta no había visto a dos personas tan raras en su vida. Sobre todo la niña. Parece el fuselaje de un avión con esa cosa puesta sobresaliendo por el escote y haciendo bulto debajo del vestido. Debe pesar una tonelada. Pobrecita. Con lo joven que es.

-Estos críos..., bueno, nosotros, señora, ya nos marchamos.

Y le ha guiñado un ojo. Que significa a las nueve. En la esquina. Con el motor en marcha.

Seis semáforos más tarde:

-Papá...

-Dime.

-Adivina para qué es este lazo.

-¿Para estar más guapa?

-Ya soy más guapa.

-¿Para quitarte el pelo de la cara? No sé, cariño. ¿Para qué?

-Para matar gente.

-Vaya. Interesante. ¿Y a quién quieres matar?

-A todo el mundo.

-¿A nosotros también? ¿A tu madre, por ejemplo?

-La primera.

-¿Tienes hambre? ¿Qué te parece si paramos ahí? Así ya puedes empezar a matar camareros. O un señor con gafas.

Y han comenzado a soltar carcajadas y a poner caras raras y hasta casi a llorar de la risa y cuando ya no podían más y el aire les faltaba Olaia ha caído rendida en su hombro y ha dicho, te quiero, Papá, mucho.

7 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 4




Nublado duele más. Duele más todo. La L4 y la L5; el coxis, el omóplato; el fémur, las clavículas, el hueso sacro; el astrolabio; la vela mayor y los trinquetes; los dedos de los pies; mamá diciendo te vas a marchitar aquí metida, deberíamos salir más; mamá diciendo que si uno quería podía conseguir cualquier cosa; mamá diciendo que me iba a vestir para salir al parque a tomar aire, a ver las flores, las palomas, los muchachos...Nublado duele de a poquito. Como la gota de un grifo.

-Mamá...

Mamá la miró de soslayo sin decir palabra y esperó a que dijera lo que Olaia tenía que decir para contestarle que no.

-Quiero...

-No. Lo de meterte a monja es un antojo porque no se te ocurre otra cosa. Dios no va a entrar en esta casa.

-No iba a decir eso. Sólo lo dije porque estaba enfadada.

-¿Y qué ibas a decir? ¿Que quieres irte al Himalaya? ¿A estar sola? A darle la espalda a todo lo que tengas que vivir solo porque...

-¿Porque ya no me sostengo sola? ¿Porque sin esa cosa puesta me derrito como un helado de vainilla? ¿Porque con ella puesta parezco Frankestein al caminar?
Iba a decir que quería un lazo para el pelo.

-Yo tengo muchas cosas que hacer y también estoy enfadada. No he criado una hija para que me llame como tú me llamaste el otro día. Tú padre tiene que ir a no sé dónde. Dile que te lleve.

-¿Cuál de los dos?

-Eugenio.

-¿Y si ya está borracho?

Pero no lo estaba porque se había recién levantado y había bajado por las escaleras recién afeitado y oliendo a colonia y diciendole a la Vasca que hacía un día estupendo ¿verdad, cielo?, vámonos Olaia, que te llevo.
A la vasca tanto adjetivo pegajoso la ponía de leches agrias; pero quién le decía a Eugenio que no nada.



-Primero vamos a ver a Cucutufa, si no te importa Olaia, tardo poco, y después te llevo a por tu lazo y...¿¡Para qué sirven los intermitentes?! Joder con la vieja... a comer un algo en una bonita terraza donde además sirvan ginebra en los gin-tonics hasta que yo diga pare. ¿Sigues enfadada con tu madre?

-No lo sé.


-¿Sabes lo que más me gustó siempre de tu madre? Nada. Ni siquiera era guapa de joven. Y ya sabes cómo me gusta cuidarme el paladar. Pero esa mujer tiene algo que ninguna más tiene: a ti. Yo con tu madre pues fue una cosa de verano y no me acuerdo, pero seguro que ya iba por la segunda botella de ginebra y estaba muy oscuro, porque si no, es que no se entiende. Tu madre es muy fea, Olaia, qué quieres que te diga. Tienes cara de no estar escuchando una palabra de lo que te digo...