21 de enero de 2018

“Como quise a los cedros de Ottawa; las tardes de verano; los impalas. Como querré siempre a los Cárpatos, luz en la ventana, lo inquieto, del corazón humano.”



...de aquel agosto del 1926 fue un martes con tacones, se bajó de un Town Sedan color verde aceituna y cruzó el patio de la hacienda hasta lo hondo, hasta las cuatro de la tarde, donde de puntillas, casi, dejó caer sus labios en la boca de Tomás, al que hasta ese mismo instante sólo había visto en una foto que él había hecho mandar a la Guinea acompañada de una carta donde con una letra impecable la hacía saber de su intención: “Necesito hijos. Al menos tres. Mi primo le hablará del resto”. Tomás se quedó allí boquiabierto, con una ceja más alta que la otra y con la mano extendida sin saber cómo decirle a aquella, cosa, que si volvía a hacer aquello delante del servicio la...la...con sus propias manos. El milagro de agosto a las cuatro de la tarde se llamaba María Rosa y tenía voz de cucharita de café:

“-¿Dónde está la habitación? La de hacer niños. Quiero verla”.

¿No le había dicho su primo que era tan delicada como las patas de un jilguero? ¿Que sabía francés y que jugaba a las damas con destreza, que era, un ejemplo en la iglesia, no le había dicho, que la había visto con sus propios ojos hablar con un embajador de Goethe mientras usaba los cubiertos en una jerarquía precisa y minuciosa? ¿Que era un compendio de excelentes virtudes? Sólo había visto una clase de mujeres hasta entonces con unos tacones como aquellos. Y ninguna iba a misa. ¿Se había casado por poderes sin saberlo con el mismísimo diablo? ¿Dónde estaba María Rosa Olmedo? ¿Quién haría honor a su apellido si estaba condenado al infierno? Todo eso pensó en un momento, hasta que de una manera febril y lamentablemente torpe subió las escaleras hasta el segundo piso y entró en el dormitorio a poner orden en la casa. Por supuesto, no pudo: “ Cierra la puerta, esposo”. Su primo no le dijo que María Rosa Olmedo de Vergara, desnuda, tenía cola de sirena y en el pelo una tormenta.

16 de enero de 2018

¡¡¡Wowwwww!!!


“Trrrrrrrrrrrr...dedd-deddd...bepbepbep...bep...”. Así es más o menos como suena una unidad de asignación B-21, y viene a decir: “¿Qué hacemos con este?”.

-¿Qué le pasa?

-Le faltan dos décimas para pasar al siguiente nivel.

-¿Y eso nos tiene que importar?

-Sólo son dos décimas.

-Mándaselos a los de reubicación. Que se encarguen ellos. ¿De qué ha muerto?

-Es la quinta vez que lo aplasta un piano.

-¿Ahora tienes moral? Somos un ente subcuántico. Nuestro trabajo no es determinar ese tipo de cosas. ¿Qué te pasa? ¿Estás averiada?

-Mira sus datos: 1732, aplastado por un piano de Lodovico Giustini que rodó escaleras de mármol abajo. 1824: aplastado por un piano blanco mientras...

-Es un nivel 3. Llevan faltándole dos décimas para ser nivel 4, cinco vidas. No está preparado para subir de nivel. Simplemente.

-Entonces...¿dónde lo ponemos?

-¿Qué tal el desierto?

-Bueno, no hay muchos pianos en el desierto. En el fondo eres...

-¿Humano o lagartija? ¿Qué tal una hormiga?

-Vale. Ya está. ¿El siguiente?

-El siguiente.



14 de enero de 2018

(...)


Hace dos semanas, Karen tuvo que quitarme el cuchillo de cocina de las manos: “Estás en casa Paul. En casa.” Eran las tres de la madrugada. No sé qué hacía allí, a oscuras, yo estaba, en la cama y de pronto...Ayer en cambio no me encontraba. Me buscó por toda la casa diciendo mi nombre en voz alta una y otra vez. Hasta que miró debajo de la cama. Lloró mucho. Me abrazó muy fuerte. Hizo café. Cada vez me pregunta menos veces en qué pienso: “¿Sabías que si alguien enciende un cigarro con la llama de una vela, muere un marinero en altamar?”. Y a veces se me queda mirando con los ojos entornados, como si en vez de enfrente yo estuviera a miles de kilómetros de distancia. Sé que me ha visto hablar con la tostadora, y que sabe que guardo las moscas muertas que me voy encontrando por ahí en un frasco vacío de pimienta negra.

11 de enero de 2018

La alondra



Guadalupe se cortó cuando era un pájaro la parte izquierda del semblante
-desde la ceja hasta donde acaba la sonrisa de morir-
con el fa sostenido de la cuerda de un violín
y por el surco, justamente
cayó como un barquito de papel por el desagüe del lavabo la última
l
á
g
r
i
m
a
que iba a derramar por Marco Alonso San Martín.
Ya estaba muerto. Por fin.

Hasta brotaron aquel año los jazmines.

Nadie fue al entierro, por cierto. Y aunque digan en el puerto
que a San Martín lo mató el cabo suelto de un mercante Bengalí,
a lo peor,
lo mató un hueco.

No se puede vivir sin corazón.


9 de enero de 2018

¿Y mi otro zapato?


“Trupiculáricus indivicus*
(*me arrojaré a lo vacuo como un cerdo), petularis daviento gorgoraje*
(*Seré tu perro por cien estrógenos la noche). Blasfuvico Ora y pre*
(*Tu eslabón perdido).
Alijalabalabamúndico, Preambúlico, Fornicutiense*
(Tu puto perro)”.
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No es mucho pedir. No por un Harakiri”.

¿Y sabéis lo que dijo?:

“Esa pila de platos
lleva escrito tu nombre”.