15 de junio de 2015

De entre las grietas, capítulo 1



Atardece.

Cara de lobo”, como todo el vecindario acostumbra a llamar al irlandés, levita a diez centímetros del suelo con las manos metidas en los bolsillos, y a la deriva, de espaldas al mundo, deambula como un náufrago sin nombre por las calles estrechas y empedradas de este lugar al que lo trajo la marea no hace tanto, desde quién sabe dónde, sin un norte adonde ir, un día como este.
Aunque en realidad se llama Billy, Billy MacGregor. Y este lugar es Santa Marta, un sitio con farolas donde hace fresco por las noches y las mujeres todavía se ponen flores en el pelo, flores de verdad. No tiene un mar, ni montañas, y si ha nevado alguna vez, solo las piedras se acuerdan. Las piedras y don Ramón, que se acuerda de todo.

Por aquí dicen que si escuchas el click de una farola cuando se enciende, es que ese día vas a enamorarte. Una que dé luz amarilla; nunca blanca. Al irlandés, que ya no cree en nada, una historia como esa, además de increíble, le parece ridícula, y aunque fuera cierta da igual, porque si hay algo que él jamás volverá a hacer, es enamorarse.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

En la plaza del barrio las grandes agujas como brazos del viejo reloj bicentenario de la torre de la iglesia de San Judas marcan con precisión helvética las siete y media de la tarde.
La torre se levanta por encima de terrazas y azoteas salpicadas de Sol y ropa blanca, de tiestos de geranios y de hormigas, y la cima, a la que se puede acceder subiendo un caracol hasta las nubes, es un oasis de aire puro que Billy malgasta fumándose el último cigarro del paquete mientras el cielo se descose, y por una brecha mortal de donde fuera a salirse todo lo que el universo tiene dentro, tose estrellas diminutas en mitad del ocaso. Huele a jazmines, porque es mayo, y apetece estar triste, como cualquier domingo.

Ochenta y dos escalones más abajo las parejas pasean evitando los charcos y se aprenden las manos mientras comen pipas de calabaza y escupen las cáscaras al suelo haciendo castillos en el aire como si el aire fuera un terreno edificable, y en los árboles frutales, entre una trama de ramas y follaje, los pájaros se dicen te quiero con el pico.
La banda sonora la pone una chica que cruza la plaza con las manos a la espalda: “Sin ti niña mala, sin ti niña triste que abraza su almohada…”.
No sabe cantar; pero canta. Canta y la vida es más sencilla. ¿Dónde irá descalza?
Justo cuando la chica del vestido azul cobalto y las manos a la espalda que no sabe cantar pero canta dobla la esquina, la luz del sol casi concluye, el cuerpo de campanas de la torre de San Judas llama a misa de las ocho, y las farolas comienzan a encenderse en Santa Marta.
Ya no la ve; pero aún puede escucharla: “…me río sin ganas, con una sonrisa pintada en la cara…”. Seguro que la niña triste de la que habla esa canción termina muriéndose de amor por un niñato de taberna.
Sin alivio y sin tabaco Billy baja de la torre, toca tierra y, caminando con la dignidad de un faraón, se pierde entre las sombras de una calle cualquiera sin farolas. Por si acaso.
Le cruje el alma y los recuerdos le muerden las paredes del estómago.
De camino al Brillante, el bar de la estación, una luna redonda lo acompaña describiendo una parábola perfecta.
Han pegado un cartel en los cristales de la entrada que lee de reojo cuando atraviesa la puerta: Fiestas de Santa Marta. Anuncian una orquesta, un baile de disfraces y un desfile de negras seguidas de una banda de tambores y cornetas.

Su tabaco. Gracias”.

Ajeno al movimiento rotatorio del planeta, Billy fondea en una mesa cuarteada por el paso del tiempo en la terraza, junto al río.
Las mesas del Brillante antes eran verde carruaje, y desde entonces, quién sabe cuántas almas han garabateado sobre ellas toda clase de frases, corazones, fechas e iniciales. Testamentos, poemas de Walt Whitman, citas de Gandhi. Y hasta mapas de tesoros. Nicolás, que era un romántico, decía que mientras esperaban su tren, en vez del periódico, que solo hablaba de cómo el mundo, qué lástima, se caía a pedazos, podían leer frases como: “Busca un lugar donde la hierba se doblegue bajo el peso del agua”, o “Quiero enredarme a tus caderas como una puta cobra”. También hay palabras labradas a punta de navaja. Y promesas. Promesas de once letras tatuadas con bolígrafos azules que a la luz de la luna parecen puñaladas.

Ayer llovió, y hoy en el barrio todavía hay un olor a fruta fresca que puede cogerse con la punta de los dedos y disfrutarlo entre los dientes como algo delicioso. Es el sur que se quiebra, es la tierra mojada, son los jazmines anidando en el cabello de las niñas, las que tienen tetitas de limones y andan presumiendo de mayores porque han probado un beso. Alborotan más allá de donde Billy se ha sentado. Puede escuchar cómo palpitan: “¿Y a qué sabe?”, pregunta una que se llama Lorena. “Pues… ¡A beso!”, le contesta otra que se llama Carolina. Y todas se ríen, porque Lorena no se cree que un beso sepa solo a beso, y dice que un beso tiene que saber a otra cosa que casi no pueda explicarse con palabras.

En la radio del local suena Chet Baker, un trompetista con perfil de canalla que había triunfado en el París de los cincuenta, y caído al vacío años más tarde desde la ventana de un hotel en Amsterdan. Tras la barra, Micaela –una señora con trenzas en su pelo color plata, ortografía cirílica y una infinita tristeza en la mirada–, organiza cucharitas, rellena los saleros y se ausenta en el brillo de las copas. Y en el brillo de las copas, descubre al irlandés sentado en la intemperie mendigando lumbre del mechero.

Durante la guerra de los Balcanes, Micaela Kravitz había visto tanta gente rota, sin brazos, sin piernas, sin ojos, sin peinar…

–¿Y si le traigo un café bien calentito al cachorro más terco de la tierra?

Billy persigue con los ojos un tren de mercancías que se pierde en la distancia haciendo chuf-chuf-chuf. Ella conoce bien a los viajeros. Siempre tienen los ojos entornados cuando van a marcharse. Y ya lleva días rascándose la barba, mirando el horizonte y rascándose la barba.

–Billy…

La vieja nunca le ha visto tan ausente, tan lejos, tan hueco y tan vacío. Ni mirar así los trenes. Los trenes... Toneladas de leyenda que han hecho el mismo viaje miles de miles de veces. Él llegó en uno cualquiera –puede que en el de las once menos cuarto–, bajo un sombrero negro y con el alma muy mojada. Desde entonces, todas las veces que Micaela ha estado cerca de sacarle las espinas –que él hundía más en su piel–, todas las que quiso hacer diana en su pasado –y él esquivó con artimañas de alquimista: se hacía invisible durante días–, todas habían servido para nada. En ninguna consiguió acertarle ni por asomo qué cábalas lo estaban volviendo transparente. Pero hoy necesita un milagro, uno de esos que ahuyente de algún modo la nostalgia mayúscula. Tirará de él, y tirará, y seguirá tirando hasta que ya no pueda más, y cuando ya no pueda más, si es necesario, se lo dirá. Se lo dirá. Le va a doler; pero no va a dejar que al chico se lo trague la tierra si ella puede evitarlo. Lo pondrá a salvo.


–Ya no puedes subirte en uno de esos trenes sin que nadie te eche de menos...



4 comentarios:

  1. Gracias, hoy nada más que eso. Mil gracias!
    Ya lo tengo en la cesta:-)

    Muaaaaaks!

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    1. Que lo disfrutes María como yo escribiéndolo.

      besito.

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